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¿El futuro ya llegó? La ciudad y el distanciamiento social

Por: Lucas Simoniello.

Semana a semana estamos pendientes de las diferentes medidas que el gobierno nacional toma en relación a la emergencia que estamos atravesando por el COVID-19: desde el cierre de los establecimientos educativos hasta el inicio de la cuarentena; día a día haciendo un seguimiento fino de las nuevas recomendaciones y actividades exentas de cumplir con el aislamiento. Mientras tanto, dejamos de ser doctores, nos transformamos en economistas y empezamos a abordar y a seguir las medidas que dispone el Estado por un lado para activar la economía, y por el otro para intentar que aquellos sectores más afectados por la cuarentena, y por supuesto los más vulnerables (que son siempre afectados), puedan sobrellevarla de la manera menos dolorosa posible.

La coyuntura nos hace aprender a convivir con medidas extraordinarias, y de a poco a acostumbrarnos a hacer las cosas de una manera diferente a la que estábamos habituados.

Una pandemia, una cuarentena, un “crack” económico y el distanciamiento social, nos ponen en un estado de alerta permanente. La realidad a la que atraviesa esta coyuntura es la que nos marca el ritmo de vida, la agenda diaria, y nos pone como primera meta hacer todo lo que esté a nuestro alcance para “achatar la curva”, y evitar que nuestro sistema de salud colapse y eso traiga una crisis humanitaria similar a la vivida en otros países.

Es normal que pensar tanto en el día a día nos haga olvidar que hay un mañana. Incluso aunque estemos deseando que llegue ese mañana, en lo cotidiano no lo tenemos muy presente, no nos preguntamos cómo será. Directamente lo idealizamos sin mucho análisis. Queremos que llegue el fin de esta nueva fase para saber si se extiende o no, pero sin ser conscientes de que hay un día después real. Lógico. Y que ese día no será el que todos soñamos, lejos estará de un típico día de febrero o de principios de marzo de este año, de esos que pasaron y los cuales vivimos con total naturalidad, sin saber lo que venía.

La vuelta a “la libertad”, a juntarnos con amigos, trabajar y abrazar a nuestros seres queridos, no será de un día para el otro y probablemente no sea nunca como lo fue antes. Esto no quiere decir que será peor, sino que será diferente. Porque en el medio del camino que existe entre la cuarentena que atravesamos y esa vuelta a la normalidad, hay un paso intermedio y una brecha que debemos comenzar a ser conscientes que tendremos que atravesar.

Es momento de entender que el día después del aislamiento social preventivo y obligatorio, traerá aparejado una serie de medidas y de normas que tendremos la obligación de incorporar como sociedad. El impacto de este virus en el mundo fue y es tan violento e impactante que diferentes especialistas y universidades del planeta informan que el COVID-19 se volverá estacional, tanto como los otros coronavirus que causan el resfriado común o la propia gripe, y que tienen tasas de transmisión más altas en los meses más fríos.

Incluso estudios más específicos, como uno publicado en la prestigiosa revista Science y realizado por científicos de la Universidad de Harvard en Estados Unidos, marcan a través de proyecciones con diferentes variables que es “muy poco probable” que en un período corto de tiempo, la vida tal y como la conocíamos retorne a como era antes del virus.

Y esto nos lleva a tener la obligación de pensar cómo será este día después, este período de tiempo que ya comenzó, que irá mutando pero que sabemos que no volverá a ser como antes. Y así como diferentes ciudades del mundo empiezan a prepararse para el día después, como santafesinos también tenemos que hacerlo.

Santa Fe y el distanciamiento social

Parece mentira que en menos de dos meses hayamos aprendido a toser en el pliegue del codo, lavarnos las manos con frecuencia, saludarnos sin beso ni abrazo ni apretón de mano; intentemos (qué difícil es) no tocarnos la cara, hayamos incorporado el uso de barbijos o tapabocas cuando circulamos por la calle, y mantenemos distancia en las colas de los supermercados.

La pregunta es: ¿podremos continuar con esto? A medida que diferentes actividades empiezan a desarrollarse con relativa normalidad, más gente circula en la calle, y nos vemos rodeados, volviendo a convivir con la misma cantidad de personas que antes, desde la salida de casa, la parada, el colectivo, la caminata por la vereda angosta un lunes a las 9. ¿Podremos continuar con el distanciamiento social? ¿Están preparadas las calles, las veredas, los centros comerciales, los transportes, las canchas, los espacios públicos donde nos encontramos? ¿Podremos mantener ese metro setenta y cinco de distancia recomendado por la OMS? Pienso en las veredas del centro de la ciudad, imagino la circulación promedio, ¿pueden albergar la misma cantidad de gente pero con casi dos metros de distancia?

Empezaremos de a poco a olvidarnos por un buen tiempo de hacer las compras esas tardes en centros comerciales abarrotados de gente, de los colectivos con trabajadores o estudiantes parados en el pasillo, esos estadios de fútbol repletos de hinchas, la costanera repleta de gente tomando mates un domingo y comenzará (ya comenzó) una etapa donde tendremos que poner en juego la creatividad para que desde el Estado local podamos ayudar a disminuir estos riesgos. ¿Disminuirá el uso del transporte público? ¿Empezará la gente a caminar más, usar más bicicleta, monopatín, moto? ¿Como se prepara nuestra ciudad para eso? ¿Contamos con el espacio público necesario para permitir el distanciamiento social? ¿A qué distancia promedio se encuentra la plaza o el parque más cercano a nuestra casa? ¿Podemos plantearnos un verdadero sistema de transporte público en bicicletas en la ciudad? ¿Cómo apoyamos al comercio local que se está adaptando a la modalidad online? ¿Y a los comercios y bares que reabrirán sus puertas siguiendo protocolos y medidas de atención especiales? ¿Cómo acompañamos al sector productivo y de emprendedores/as locales?

¿Cómo aseguramos las medidas de higiene y seguridad en nuestros barrios populares? La pandemia puso sobre la mesa que para quedarse en casa hay que tener una y que el hacinamiento, la precariedad, la pobreza y la vulnerabilidad social resultan incompatibles con el aislamiento social.Este virus invisible resaltó también la necesidad de generar mayor empatía entre las partes de un contrato de alquiler y que el Estado deba estar cerca de inquilinos e inquilinas.

Lejos pero no tanto

En Nueva Zelanda se dejaron de registrar muertes por COVID-19. El virus llegó antes que en Argentina y por diferentes decisiones adoptadas por el Estado hoy se encuentran mucho mejor posicionados que otros países. Allí ya llegaron al día después. Una de las medidas que adoptaron fue aumentar el gasto público en peatonales y en reconvertir calles utilizadas por autos en ciclovías. ¿Fue para fomentar el uso de la bicicleta? Tal vez, pero sobre todo porque vieron lo que pasó en el “día después” de otros países. En Corea del Sur por ejemplo, aumentó en hora pico un 93% el uso de la bicicleta pública respecto al mismo período del año pasado. Muchos coreanos eligen como medida de distanciamiento moverse en bicicleta y no en colectivo. Está claro que las situaciones socioeconómicas y culturales son muy diferentes en nuestro país. Por esto debemos prepararnos y pensar políticas públicas, crear nuevas prácticas y costumbres que nos permitan tener herramientas para convivir en el día después. O en la actualidad, porque ese día después, ese futuro, ya llegó.

Así como se destaca el rol del Estado a la hora de tomar medidas concretas para paliar esta pandemia, se destacará o no a la hora de estar presente en el lento proceso de vuelta (o de llegada) a la normalidad. Dependerá de la población, pero en gran medida de cómo las ciudades ocupan un rol central en la agenda para una transición responsable y no un futuro crecimiento de la curva de contagio. Porque el virus vino para quedarse, y depende de nosotros darle en adelante un rol protagónico o secundario.

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