Informe FINAL - Vivir nuestro hogar - Portada WEB-01

La mesa de la cocina se transformó en una de ping-pong

Lic. Mariana Citroni. Dra. en Educación

Una noche, de esas que escasean cuando tenemos hijos, con mi pareja pudimos salir solos. El mayor, ya adolescente, quedaba en casa. Pidió invitar a sus amigos, lo cual acepté porque entre otras cosas, prefería que esté con ellos antes que solo.

Cuando regresamos, gritos y risas se escuchaban desde la puerta; la mesa con patas trabajadas y lustrada de la cocina, ¡se había convertido en una divertida mesa de ping-pong!, teniendo como escenario a escasos metros: copas de cristal escurriéndose, tasas en sus respectivos estantes al aire libre, vasos, platos, etc.

Mi única frase fue, en un tono un poco más elevado del habitual, o mucho más elevado: ¡en la cocina no se juega al ping-pong! Silencio rotundo e inicio llamativamente tranquilo de un partido de truco.

Hoy, mi mesa de la cocina sí se transformó, “en una interesante mesa de ping-pong” (en la cochera). ¿Por qué? Simplemente porque la situación que nos toca atravesar, nos invita a dar respuestas diferentes a las habituales. Respuestas que nos ayuden a todos a convertir este tiempo de aislamiento, en tiempo familiar agradable o por lo menos tolerable.

Viktor Frankl (psiquiatra austríaco sobreviviente de campos de concentración nazi) escribió en su obra El Hombre en Busca de Sentido de 1946, que: “si no está en tus manos cambiar una situación que produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento”.

Cuando algo cambia de repente y nos toma de imprevisto, nuestra respuesta normal y frecuente es la de “resistirnos”, es decir: nos enojamos y maldecimos a alguien/algo; nos angustiamos y esperamos que el mundo vuelva a lo de antes lo más rápido posible o nos distraemos todo el día, “aguantando” hasta que se pase… Otra respuesta posible, es aceptar que hoy esta es la situación que es; y decidir hacer algo “suficientemente bueno” con este momento diferente y nuevo.

Por supuesto, necesitamos un tiempo de adaptación; para luego habilitarnos a pensar, sentir, exigir y hacer las cosas distintas a cómo las veníamos haciendo. Ser una mamá o un papá un poco diferentes; porque el tiempo, el espacio, las relaciones y el contexto son diferentes.

Entonces, no somos maestros, pero sí podemos ser un tutor temporal. Tampoco somos niños que nos encanta jugar, pero sí, alguna vez jugamos al ajedrez o al ludo y ahora podemos hacerlo con ellos, también podemos aprender a hacer tik-tok o cualquier actividad que les fascine; seguramente tenemos algún hobby (o alguna vez lo tuvimos), hoy lo podemos compartir con nuestros hijos: si nos gusta cocinar, cocinamos juntos; si disfrutamos tejer ¿por qué no enseñarle a hacerlo?, si soy de los que extrañan hacer ejercicios ¡transformemos el living en un gimnasio! ¡Disfrutemos! Porque si nosotros podemos conectar con el disfrute y dejar por momentos la preocupación y la angustia; también lo harán ellos, nuestros hijos.

Ellos perciben lo que sentimos y cómo nos sentimos; no podemos pedirles que estén tranquilos si nosotros no lo estamos; ni pedirles paciencia, si por dentro no toleramos más esta situación. Sí, podemos esperar que se sientan bien, si nosotros “activamos” todos nuestros recursos personales para atravesar esta situación de la manera más calma posible.

Ahora bien ¿cómo sentir esa calma y conectar con el disfrute, con tanto sufrimiento e incertidumbre en el mundo? Una posibilidad es contrarrestar esa sensación, con lo que sí está a nuestro alcance, “nuestro pequeño mundo”, y generar ciertas certidumbres y estabilidades, por lo menos aquí, dentro de casa. Vivir nuestro hogar como un refugio y no como una cárcel.

Las rutinas, aunque tengan mala prensa porque se las relaciona con poca libertad o vida estructurada; generan esas “seguridades” y “estabilidades”, porque nos permiten sentir que “casa es suficientemente predecible”. Cuando nuestros hijos saben lo que va a venir, qué tienen que hacer, en qué momento y cómo (a corto plazo, claramente)…se sienten más tranquilos. 

Propongo hacer la prueba de dividir el día en tiempo flexibles pero organizados, en momentos para jugar libremente, para actividades escolares, para hacer algo divertido con los padres o hermanos mayores, para ayudar en alguna tarea del hogar, para “la pantalla”, para leer, para conectarse con alguien que era parte de la cotidianeidad (amigos, abuelos, primos), para entretenerse solo porque mamá o papá están trabajando con la compu. Respetando las horas de sueño, de higiene y los horarios de comida.

Y entonces, al despertar, nuestros hijos sentirán la tranquilidad de saber, con cierta seguridad, cómo trascurrirá su jornada hoy. Su mundo, es nuestro hogar; y lo mejor, es que cómo se sienta el hogar, depende de nosotros, los papás.

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