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¡24 horas juntos!

Lic. Mariana Citroni -Doctora en Educación

Son las 7: 00 AM, me levanto sigilosamente para que ninguno de mis hijos despierte, y tener un tiempo sólo para mí: para trabajar sin interrupciones, escuchar algo de música, tomarme unos mates… No funciona, a los 10 minutos, dos de ellos me miran desde la puerta de la cocina, preguntándome “¿qué vamos a hacer hoy?” y mi fabuloso plan personal, se hace añicos. Acto seguido, sensación culposa de ser “una mala madre”. ¿Es que acaso no los adoro? ¿No son lo más importante para mí? La respuesta es sí, pero…

En estos días de aislamiento, en que estamos todo el tiempo juntos en familia, la capacidad de compartir se pone en juego. ¿Compartir qué? casi todo: los medios tecnológicos que hay en casa, los espacios físicos, los alimentos… y también ¡y sobre todo! nuestra disponibilidad de adultos en tiempos y energía.

¿Qué es esto de compartir? Como todos sabemos, es dar al otro; pero también (y de eso se habla menos) es recibir. Las mamás y papás también necesitamos recibir. No somos súper héroes siempre disponibles para nuestros hijos. Somos personas con altibajos emocionales, que necesitamos también que nos ayuden, den cariño, atención, tiempo, ¿qué nos impide pedirlo?

Hay tiempos, miradas y energías sólo para ellos, nuestros hijos, y es indispensable que esto suceda en lo cotidiano durante diferentes momentos; pero también es indispensable que haya momentos para nosotros, los papás.

Si nuestros hijos sólo experimentan recibir, les hacemos creer, sin querer, que tienen poco para dar y no desarrollan esa cualidad tan preciada de ponerse en el lugar del otro o ser considerados con los demás.

¡Qué bueno es que a una mamá le duela la cabeza o esté cansada y le pida a su hijo que baje el volumen de su celular, o le pida al mayor que cuide al pequeño! Claro está, las mamás y papás somos quienes damos más a ellos; pero “por momentos” es importante abrirnos a recibir.

Bert Hellinger (filósofo, teólogo y pedagogo alemán, nacido en 1925), decía que: “La felicidad depende de la medida en que se da y se toma. Cuanto mayor sea el intercambio, más profunda es la felicidad”.

Animémonos, entonces, a esperar y exigir de nuestros hijos tiempo y energía para nosotros, sabiendo que le estamos enseñando a amar mejor. Comprender que no responder a todas las demandas no nos convierte en “malos padres”, sino que nos recuerda que somos personas trabajadoras, estudiantes, amigo/as, hijo/as, hermano/as, etc., además de padres. Y les enseña a ellos: a esperar, ser pacientes y sentir gratitud cuando reciben (una gran sensación para el alma).

Pedir y esperar de otros, no sólo es posible, sino también necesario para que el clima en casa sea agradable y tranquilo. La tranquilidad no es algo que logremos todo el tiempo, pero sí podemos vivirla por momentos. Cuanto más largos sean estos, mejor para todos.

¿Cómo? Ante todo, busquemos como adultos, la manera de encontrarnos con nuestra calma (en lo profundo de cada uno, existe esa calma); algo que parecería difícil de lograr en esta situación, pero podemos intentar aproximarnos, al menos un poco. Ayudaría aceptar que “no todas son nuestras batallas” y las que nos tocan hoy, son en las que tenemos que invertir nuestra energía; a las otras: cómo curar el coronavirus, cómo atender a los enfermos, cómo hacer para que el país no se desmorone económicamente…, se las dejamos a los que tienen poder de decisión sobre ellas.

También podemos, por este tiempo, hacer lo contrario al dicho popular y “dejar para mañana lo que se puede hacer hoy”, intentando ser menos exigentes de lo habitual en la limpieza u orden de la casa, en los plazos o producciones laborales, en los horarios. Proponernos hacer “pocas cosas” por día, ya que sabemos de antemano que cuando estamos en casa todos juntos, habrá una infinidad de imprevistos.

Otra estrategia simple, que ayuda al clima calmo en casa, es disminuir los ruidos. Experimentemos tiempos sin televisión, radio u otros dispositivos tecnológicos encendidos; generemos silencio para escucharnos entre nosotros sin interferencias, y para escucharnos a nosotros mismos ¿por qué no? Algo recomendable, si nos animamos a hacer esta escucha personal, es detenernos a descifrar qué nos dicen las sensaciones de nuestro cuerpo sobre nosotros mismos, hoy.

Sólo por dar algunos ejemplos, si nos sentimos angustiados, sabemos que hay algo que no estamos diciendo y nos está “atragantando”, pues es hora de hablar con otro adulto sobre ello ¡hagámoslo!; si nos sentimos alterados porque no sabemos cómo resolver nuestra situación económica, diseñemos ahora un plan hipotético para paliar la situación; si nos duele el estómago constantemente, revisemos qué no estamos pudiendo digerir y compartámoslo con alguien… Para amar sanamente, es necesario encontrarnos con nuestra propia sinceridad, aunque esta no sea sencilla.

Amar sanamente como padres es también hacerlo siempre respetando ese lugar y no intentando “suplir” ausencias de otros lugares. Aunque nuestro hijo extrañe a sus amigos, no nos transformamos en uno de ellos, buscaremos la manera de “pasar buen tiempo juntos”, jugar, divertirnos, charlar, pero seguiremos siendo su mamá o su papá.

Aunque no esté con sus docentes, no nos convertiremos en uno: ayudamos a organizar sus tareas, las monitoreamos; pero son suyas y exigimos que se responsabilicen por las mismas, sin tener que convertirnos nuevamente en estudiantes de primaria o secundaria para explicarles lo que no entienden; no tengamos miedo a que entreguen una actividad con errores, (los errores son parte del proceso de aprendizaje y es una indicación para el docente de lo que debe volverse a abordar).

Esta puede ser una oportunidad para saber más sobre lo que nuestros hijos aprenden en la escuela, el modo en que lo hacen, cómo perciben a sus compañeros, a los docentes, qué tipo de actividades les gusta y cuáles no, en qué son habilidosos y qué les resulta difícil… entrar más a su mundo escolar. No para juzgar ese mundo; sino para conocerlo, valorarlo, tratar de entenderlo.

Muchas cosas son muy diferentes a nuestra propia escolaridad, la propuesta virtual es en sí muy diferente; también lo es para los docentes que de repente deben poder generar aprendizajes por medios, lenguajes, tiempos y lugares distintos a los utilizados mayormente en las escuelas. En este sentido, es preferible confiar en las propuestas que hoy puede hacer la institución educativa, esa que elegimos para nuestros hijos, y no evaluar si está bien o no lo que hacen (tampoco es nuestra batalla, excepto que estén dañándolos); porque si las criticamos, nuestros hijos entenderán que “vale poco” y darán poco o a desgano respuestas a lo escolar. 

Seamos “mamá y/o papá” siendo conscientes de lo que sí es posible, de cuál es nuestro lugar, conciliando lo que nuestros hijos pueden dar y necesitan recibir, con lo que reconocemos que nosotros necesitamos recibir y somos capaces de dar, hoy.

Estamos atravesando un momento, donde el amor es la invitación para que crezcamos todos. Tenemos la oportunidad de aprender a amarnos mejor que antes. Aprovechémosla.

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